La industria de la construcción continúa siendo una de las actividades productivas con mayor nivel de riesgo laboral en México. Factores como trabajos en altura, uso de maquinaria pesada, instalaciones eléctricas y exposición a condiciones ambientales extremas forman parte del día a día en obra.
De acuerdo con cifras del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), en 2024 el sector se posicionó como el cuarto con mayor número de accidentes laborales, superando los 22 mil casos a nivel nacional.
Más allá de las cifras, cada incidente representa impactos reales: personas lesionadas, retrasos en obra, incremento de costos y afectaciones a la operación. Esto convierte a la seguridad e higiene en un elemento estratégico que va mucho más allá del cumplimiento administrativo.
Minimizar la seguridad en la construcción puede escalar rápidamente a escenarios críticos.
“Cuando ignoramos o minimizamos las normas de seguridad, las consecuencias trascienden el plano humano y se convierten en crisis operativas, legales y financieras”, advierte Francisco Juárez, Gerente de Seguridad, Higiene y Medio Ambiente en GAYA.
Entre las principales consecuencias destacan:
El incumplimiento de normas como NOM-031, NOM-030, NOM-009 y NOM-017 puede derivar en sanciones importantes que impactan directamente en la viabilidad del proyecto.
Lejos de ser un gasto, la seguridad e higiene representa una inversión que genera valor al negocio.
Una obra que cumple con la normativa avanza con mayor orden, control y previsibilidad. Además, permite que la fuerza laboral opere con mayor confianza, lo que reduce la rotación de personal y mejora la productividad.
Con información de Revista Flow. 🔗